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LA FUNCIÓN

Recuerdo esos días en que el anfiteatro estaba a rebosar. Todas las entradas
vendidas, las plateas con un publico selecto. Conocidos y desconocidos venían a
deleitarse con mi actuación “Días de vino y rosas”.

Así se titulaba la función, y así estaba decorado mi camerino. Con rosas y vino.
Sobre todo, esto último. Botellas y botellas de caldos que me obsequiaba a mí
mismo. Unos para celebrar la acogida de mis fieles, otros para poder afrontar la
vergüenza de mirarlos a la cara. Ese era mi secreto.

En mis aposentos yo era un ser totalmente distinto; taciturno, vergonzoso, miedoso.
No podía permitir que mis seguidores vieran mi verdadera cara. El espectáculo
debía continuar. Noches de vino y rosas.

El teatro se había inaugurado alrededor de 1995. El proyecto nació una noche en la
cual recibí una visita. Una dama ejercicio sus influjos y me persuadió. Me ofrecía
fama y poder. El contrato no parecía contener nada oscuro. Todo estaba en orden,
solo le debía prometer fidelidad. Ella me proporcionaría lo necesario para triunfar.
Solo quedaba estampar la rúbrica.

Al principio la comedia solo se representaba los fines de semana, pero dada la alta
expectación me veía en la necesidad de ampliar los pases. Estaba en la cresta de la
ola, me sentía seguro, fuerte. El mundo estaba a mis pies. Mi socia había cumplido.
La amaba.
Durante muchos inviernos representamos la comedia. El publico estaba rendido a
nosotros, pero yo empezaba a sentir achaques. Ya no sentía la misma acogida, ese
calor.
Frio, niebla, oscuridad. Me siento solo. Únicamente mi fiel socia vela por mí.

Nunca la sentía llegar; siempre sigilosa, silenciosa. Se escondía en la última fila y
disfrutaba del espectáculo. El aforo empieza decrecer y cambian las caras. Se
habían sembrado vientos y se percibía lo que depararía la cosecha.

Por exigencia de mi amada cambiamos el estilo de la representación. De comedia
pasamos a drama. Pases de martes y lunes, festivos incluidos. El título de la nueva
obra había sido idea suya: “Enfados y canibalismos”.

La decoración del camerino empezó a mutar. Mas y más botellas, en cambio, la rosa
se empezaba a marchitar. Me maquille de impotencia. Se prendía la ansiedad. Eran
tantos los días de impaciencia. Una eternidad.

El telón se levanta y nos vacía el alma.

La función da comienzo, la orquesta ejecuta los primeros acordes derrochando
autocompasión. Los músicos desafinan la melodía habitual: negar la mayor.
El nuevo espectáculo escondía un final inesperado. No era lo que esperaba al
suscribir el pacto. No era un melodrama, era terrorífico. Yo soy el único culpable.
Intente cambiar de rumbo, pero era imposible. Mi socia se había apoderado de la
dirección. Una clausula casi ilegible lo señalaba inequívocamente. “Tu alma será
congelada. Comienza el viaje hacia la nada.”

Me resigno; ¿¡Hay más!? ¡¿Más allá de mi rabia!?!
El patio de butacas se encontraba vacío, en silencio. Los aplausos han cesado.

Vacío el vestidor.

De que me sirve fingir si de quien pretendo huir duerme dentro de mí.
Hastiado de acoger el suelo confortable abandono el escenario. Concluye el festín.
Llegados a este punto, punto y fin.

D.F.F
20/12/2024
A mis psicólogas, terapeutas y compañeros (Los Irrompibles).
“Rendirse solo era un truco para volver”
(Escrito por Dani)

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